Eduardo Santos es un pintor de emociones. Un pintor poseído por la Naturaleza, ensimismado en su contemplación, prendido en su misterio. Pero el artista, dice Cezanne, no hace brotar emociones como si de un pájaro se tratara. El artista compone. Estructura la emoción, condensa las sensaciones, busca la plenitud. Lo interesante de este pintor, es que la plenitud se sitúa contra toda apariencia – más allá de la realidad. Eduardo Santos, parte de la realidad. En este caso, de la propia Naturaleza. De su observación profunda y detallada. De su descripción intensa, minuciosa, embelesada. Y termina por realizar un ejercicio de pura abstracción: cada elemento parece tratado con independencia del contexto por el que existe y en el se integra. Pero forma parte de un todo, del que resulta inseparable. Esos paisajes, que abren a nuestra mirada espacios intemporales. Donde cielo y tierra parecen conjugarse en una dimensión de eternidad, donde se transciende lo inmediato para llegar a ese mundo -o cielo- como quería Goethe, que abarca "Todo lo que debemos alcanzar con nuestros ojos, pero que no podemos comprender con el pensamiento".

José María Ballester




LA EXTREMADURA DE EDUARDO SANTOS GUADA

Por PEDRO de LORENZO

Los elementos de esta pintura, los tipos, los paisajes, enraizan en la sierra de San Pedro: esa bisagra que articula a Cáceres con Badajoz; vierten las aguas, por mediodía, a Guadiana; por el norte corre Tajo; toda esta roca declina, no muy vertebrada, hacia Portugal.

Puebla el alcornoque la aspereza lobera de San Pedro. Más que la encina, el árbol de Extremadura es el alcornoque: yergue estas sequedades, las torna habitada soledad, escala cuidoso los montes, templa con sus troncos desarrollados la foscura de la dehesa, cierne la luz que en la pastiza escarcha sus vidrieras.

Guaches, acuarelas, dibujos, pintan paisajes de Aliseda. Arraiga el alcornoque en la suave ladera, ni arriba ni abajo, entre las franjas extremas de encinar.

Al abrigo de los descortezados alcornoques de tintas que palidecen desde el rojo del descorche reciente al ladrillo viejo, comidas de la temperie, va, viene el lanar en transhumancia; los rebaños se descuelgan, cañariegos, de la crudeza de las sierras hacen un alto en el cordel.

Pastores, zagales caminan una tierra de quintos, asientos, encomiendan: los finos pastos, el invierno suave de la Mesta.

Una mujer luce el sombrero de la pasamanería y espejo de Montehermoso; se perfila sutil el ramujo perla del olivo; para necesario contraste, en la naturaleza recia de aislamiento y soledumbre, aparece la figura del tractorista, se recorta el bodegón del cortijo, en la mano niña las flores voladoras, o la mujer que se peina gozosa de resolana...

Y la vida simple y como sin maravilla: el niño del sombrero, el niño del avión de papel. Todo presidiéndolo, el alcornoque de llameante columna y enorme raíz barrenera.